Apatía

mayo 28, 2012

“No”. Empecé a escribir con la palabra más enfática en cualquier lengua y la máquina dejó de funcionar: antaño hubiera supuesto cambiar el carrete de tinta y continuar, pero hoy es preciso apagar el aparato y volverlo a encender, esta vez en una modalidad con menos prestaciones que el fabricante llama “modo seguro”. No entiendo: ¿se fabrican estos artilugios a sabiendas de que van a fallar y se les programa para que funcionen con un bajo perfil?

Pero estas líneas no quieren tratar de tecnología, “ciencias” empresariales, fraude o marketing. (He repetido el “no”.) No quieren tratar de nada. O sí. Quiere tratar de que no quiere tratar de nada. De la abulia que, lentamente, se apodera del autor, cumpliendo macabramente la predicción chomskiana de que las tácticas de manipulación de los medios tienen como fin instalarnos en la indiferencia, la mediocridad y la depresión.  Quiere tratar de que intento escribir esto con el televisor encendido, tanto es posible caer.

Hay quienes encuentran algún sentido a continuar en este mundo en, digamos, el amor (a quien sea o a lo que sea), en los niños, el arte, la ciencia, la primavera, el servicio “desinteresado” a otros… ¿Y los que somos incapaces de encontrarlo? ¿No lo buscamos lo suficiente? ¿Deberíamos encontrar algún sentido en absoluto? El programa que transmite el televisor versa sobre los paparazzi. ¿Se puede confiar en una raza – la humana, se entiende- que es capaz de dedicar sus esfuerzos a esto? ¿De verdad vale la pena venir al mundo para ser bien un famoso acosado, un periodista sensacionalista o un fotógrafo frustrado? Comentando la cruel situación que vive hoy mi tierra, llegué a la conclusión de que no era tan grave la barbarie como el hecho de acostumbrarse a ella. Vencer la violencia con una revolución, ¡ja!

Cada vez me afirmo más en la idea de que la vida no sólo carece de sentido, sino que es un sinsentido ontológico. Por suerte, o por desgracia, a punto de cerrar estas líneas oscuras, recibo la llamada nocturna y alevosa de una amiga. Cuando yo nací, hace treinta años largos, ella tenía a sus espaldas cincuenta, amén de mucho trabajo como la alta funcionaria  que ha sido y de mucho mundo visto como la misionera en el (llamado) Tercer Mundo que sigue siendo. No tendría por qué llamarme, no tendría que interesarse en absoluto. Pero lo hace. Seré perverso: acaso sólo por cortesía. Pero su cortesía es ya una búsqueda de sentido, y ello me me impide descartar (aún) su existencia.

Tú y yo somos animales
racionales o eso decimos
y nos jactamos
de ello y seguimos
indiferentes nuestros caminos
asfaltados y divergentes,
siempre divergentes.

Tú y yo riendo pedimos
a gritos andar sobre las aguas
sobre las nubes, sobre las ascuas,
o sobre rocas contundentes, da lo mismo
exigir que suplicar
euforiarse que llorar
a solas, confundidos.

Tú y somos vecinos
en este cuarto piso
de metales sin edades,
de relojes sin destinos,
¡El ímpetu diluido!
Somos vecinos, casi iguales,
y jamás nos hemos visto.

Quinceéme, o La generación de la Puerta del Sol

abril 26, 2012

Debo lamentar no haber escrito nada en marzo, pero encontré un subterfugio para disculparme: el 29 de febrero de este año será el 1 de marzo del próximo. ¡Hasta la próxima!

Movimiento 15 M Asamblea del barrio de Retiro (Madrid). http://madridmovimiento15m.wordpress.com

 

 
Míralos. Escúchalos. Háblales. Vienen de todas partes. Se rozan sin tocarse y su sola voz hace vibrar de emoción cada rincón de este recinto. Se llaman Ana, Beatriz y Carlos, Diana, Evaristo, Fidel, Gema, Horacio, Iñaki, Jacinta, Karla, Liliana, Mauricio, Néstor, Octavio, Perla, Quirino, Raimundo, Sandro, Tatiana, Úrsula, Venancio, Walter, Ximena, Yago y Zoila. Cada uno responderá a su nombre, si lo preguntas, pero antes de decírtelo te contará por qué ha venido aquí. Están y no están, existen y no existen, como las partículas subatómicas, como los personajes de una novela. A unos les nace cantar y cantan, otros anhelan gritar y gritarán, otros más sólo desean estallar en llantos de rabia, y pronto lo harán. Los conoces sin conocerlos, sabes de ellos lo que has visto y oído. Míralos, escúchalos: ni ellos se conocen a sí mismos, y en parte por eso están aquí, sedientos de sabiduría y de consejo, pero no del que descansa en los libros y en los escaparates, sino de uno que no ha surgido aún y por eso está deseoso de ver la luz y de latir. Una vez que exista, ese conocimiento ya no tendrá deseos, sino acaso morir y ser renovado. Y todos, desde Ana hasta Zoila, se hallarán ya sin ganas de cantar, ni gritar ni llorar de rabia ni de conocer nada que no sea de ellos mismos.

Sobre las anomalías

febrero 29, 2012

 

“N°1 San Adolf II en Waldau, Berna” (1922, detalle). Pintura de Adolf Wölfi, nacido un 29 de febrero.

Veintinueve de febrero. Fecha anómala por excelencia. A no ser porque se repite, con pasmosa regularidad, cada cuatro años. ¿Dónde está la anomalía? Etimológicamente, anómalo significa “sin norma”, aunque el uso consagra el término para designar aquello que cae fuera de lo común. Si trasladamos el ejemplo de la fecha a otros registros, los resultados son similares. La belleza, por ejemplo; la belleza como anomalía. Siendo, según la concebimos, tan poco frecuente, nos une a todos en su búsqueda: es una especie de lugar común que todos conocemos y/o habitamos. Concebimos el espacio natural como algo bello, sea un desierto de arena purpúrea, un níveo mar de hielo o un bosque insondable, un volcán en erupción o un inmenso mar de sal. Todo ámbito geográfico (que al ser geográficamente nombrable es a la vez humano, se sobreentiende) ofrece un grado de belleza. Y también existe belleza en el lenguaje. De buscarla, encontraremos belleza incluso en seres que fisionómicamente nos resulten poco cautivadores, manifiesta como ternura, sabiduría o compasión. Puesta así, no parece tan anómala, tan infrecuente: de ahí que se afirme que está en los ojos de quien la mira. Por mucho que existan cánones que la delimitan, unos más perdurables que otros. ¿Y su antípoda? La fealdad es la supuesta ecología habitual donde nos desenvolvemos, aquella que aprendemos a evadir con minuciosas técnicas de aseo, instrucción, refinamiento, autocensura, etcétera. Pero al rehuirla ha dejado de ser “común” para volverse “peculiar” –anómala- , y a poquísimas personas se las puede señalar sin pudor por ser verdaderamente, y en un sentido amplio, grotescas.

De nuevo, ¿qué es lo anómalo? ¿Será lo anárquico? ¿Y si se elige la anarquía como proyecto liberador, aunque como en todos los proyectos liberadores sea imposible vislumbrar cada uno de sus alcances y peligros? La anomalía, más que la belleza, es lo que verdaderamente reside en los ojos del espectador. Se puede inferir que toda anomalía escandaliza, puesto que si la belleza (la hermosura, la bondad, la regularidad, lo que inspira nostalgia, lo modélico) es deseable, mientras que la fealdad (lo grotesco, lo risible, lo que inspira pena, lo insatisfactorio, lo caótico) puede ser tolerable, la anomalía es aquello que, por hallarlo infrecuente y sin ajuste a una norma (y no se puede vivir sin normas) provoca la reacción más elemental de toda forma de vida, a saber: el rechazo a lo distinto. Pero ¿no es nuestra propia e incomunicable experiencia vital la que define nuestras normas, y qué cae dentro y fuera de ellas? ¿Es la singularidad del individuo la verdadera anomalía?

Sobre los suspiros

febrero 9, 2012

Últimamente suspiro mucho, demasiado tal vez, poniendo la ropa a lavar o mirando las vías del metro. Aunque nadie, que yo sepa, ha establecido un parámetro saludable de suspiros por día. Suspiro sin darme cuenta del motivo, aunque suelo averiguarlo nada más expeler el aire por la boca. Las más de las veces se trata de tonterías. Como una música boba. La canción del verano (austral): Ai se eu te pego, cantada por Michel Teló, pongamos. Boba donde las haya. La melodía, por llamarla de algún modo, es insulsa. Se trata de una versión de la canción homónima publicada en 2009. Y más zafia me resulta la legión de entusiastas. Rayanos en lo vulgar. Y coreando versos en un idioma tan bello como ininteligible, lo cual solucionan inventando palabras y frases enteras. El título significa algo así como “Ay, si yo te alcanzo”; otra traducción escandalizaría, pero ¿lo sabe la horda de fans? El video oficial es obsceno y racista. ¿Por qué me ha hecho suspirar una sandez de este calibre? Me duele admitirlo: pensé que acaso lo único que pregona el tal Teló (yo creí que era francés; lo hubiera escrito Théleau -¿seré arrogante?-. También pensé que al menos sería un tipo interesante: erré), digo, lo único que nos pide son dos minutos de alegría. De ignorancia liberadora. De estulticia gloriosa. De infancia olvidada. Experimento: pongo la fastidiosa tonadilla. El hijo de unos colegas, de no más de 7 años, baila y canta entusiasta. Y es espeluznantemente feliz. Por eso suspiré: me di cuenta de que volví por un segundo a ser un mocoso regordete coreando la lambada. En mi defensa sólo puedo decir que también he suspirado por otras cosas, pero son mucho más aterradoras de lo que me atrevo a contar aquí.

Esto es

enero 30, 2012

Para cumplir una promesa: no dejar un mes sin publicar en mi blog. :) Le quiero.

Héroe de la clase obrera

diciembre 9, 2011

Dedicado, en especial, a mis colegas al otro lado del mundo. Vacuna antipolíticos de la ralea de Peña Nieto.

Las elecciones primarias

diciembre 2, 2011

Trabajaba con interés y pulcritud, procurando aprender algo nuevo cada día, y mientras estaba inmerso en el trabajo no pensaba en otra cosa. Pero luego, al concluir la jornada, no le encontraba gusto a nada, la casa se le caía encima, las horas se le hacían largas y la vida, en general, se le presentaba como algo insípido y desnortado. (p.35)

Las cosas se minimizan con la distancia, igual que con el tiempo: lo que hoy es importante aquí no significará nada en otro sitio y no significará nada mañana, ni aquí ni en ninguna parte. (p.135)

Aunque no entendía nada de lo que sucedía a su alrededor tenía la sensación de haber penetrado finalmente en el mundo de la realidad, enredado y deshonesto, pero en definitiva preferible a la burbuja de fantasías bienintencionadas en que había vivido hasta entonces. (p.199)

Tal vez en el futuro existan medios de prueba científicos, infalibles, pero hoy por hoy no tenemos otra realidad que las palabras. Si las palabras fallan, la realidad se desmorona. (p.225)

Soy un cenizo, pensaba. Mi abulia y mi empeño por ser ecuánime me han convertido en un individuo sin relieve. Tengo sangre de horchata. En cambio este locatis, con sus ideas baratas y su política de tertulia radiofónica, infunde ganas de vivir incluso al que piensa de un modo radicalmente opuesto al suyo. Los matices lo echan todo a perder. (p.263)

-¿Y por qué lo tengo que decidir yo? Siempre me toca decidir a mí. – Eso te pasa por indecisa. El que sabe lo que quiere nunca ha de decidir nada. Ya lo tiene todo decidido. (p.307)

Eduardo Mendoza. Mauricio o las elecciones primarias. Seix Barral, 2007.

Imagen: Amanecer en las montañas, de Caspar David Friedrich (1823).

Mickey Mouse en la Plaza Mayor

noviembre 13, 2011


“Conocí a uno que era del otro lado del mundo, paisano tuyo”, recordaba Roque, “y que ejercía entre otros el sufrido oficio de payaso. Se había presentado en nuestra asociación, contando que también tenía experiencia en hostelería, como camarero, y que realizaba limpiezas de todo tipo; en ese momento estaba sin trabajo, y preguntó si teníamos empleo para uno como él, o si sabíamos de algún sitio donde pudieran llamarlo para amenizar eventos. Cuando le pedí que me explicara más a fondo su experiencia laboral, soltó lo de que era payaso, que sabía hacer figurines con globos y que era capaz de caracterizarse como un sinfín de personajes famosos. Sin que viniera a cuento, hizo una interpretación de Cantinflas para luego pasarse a Mickey Mouse y, aunque no me hizo mucha gracia, el tío me cayó bien y prometí avisarle si surgía algo, a lo cual replicó con un ‘gracias’ lacónico y me extendió su tarjeta de presentación: un papelucho de colores sucio y arrugado. No volví a verlo en semanas”. Yo me limitaba a sonreír, un poco afectado por la posibilidad de que Roque pudiera pensar que mis paisanos y yo éramos todos una panda de chiflados. “Entonces” “prosiguió Roque, caí en la cuenta de que la próxima semana sería el cumpleaños número siete de mi sobrina Anita. Sin pensármelo mucho, cogí el teléfono y llamé al golfo de su padre, con la convicción de que no se negaría a contratar un espectáculo con payaso y globos para su hija, cosa que en efecto hizo, aunque no sin apremio. ‘De acuerdo,’ me dijo el golfo, ‘pero tráelo ahora para que lo vea y cerremos el trato esta tarde. De lo contrario prescindiré de él, pues ya tengo apalabrado a uno que hace trucos con cartas’. Contento por haber matado dos pájaros de un tiro…” “¿Cuáles?”, interrumpí. “A mi sobrina y a su padre. Contento, pues, cogí de nuevo el teléfono y en un reflejo me busqué la cartera en los bolsillos. Estaba la tarjeta del payaso, pero entre sus múltiples pliegues y roturas el número de teléfono aparecía borrado. Recordando la entrevista de la primera vez, pensé que era probable encontrarlo en la Plaza Mayor, en alguna de sus estrambóticas caracterizaciones, como Cantinflas o Mickey Mouse si no recordaba mal. Por el sólo placer de acallar al golfo, dejé sin terminar el trabajo en la asociación y salí corriendo hacia allá. Veinte minutos después estaba ahí, sudando en parte por el sol de verano pero sobre todo por el desconcertante espectáculo que ahí se me presentó: había por lo menos una docena de Mickey Mouse, a cual más insólito. Me rendí ante lo inevitable: tendía que hacer una breve entrevista a cada uno de aquellos fantoches para cerciorarme. Ninguno era el que yo buscaba. Uno me dijo, para mayor inri, que no sólo en aquella Plaza los Mickey Mouse abarrotaban las bocacalles, sino también en las vecinas del Sol, de Tirso y de Calderón. Me parece que me leyó tal gesto de desánimo en el rostro, que se compadeció de mí y me hizo una confidencia: sólo uno, aquel que era paisano tuyo, llevaba los zapatos rojos…Así lo encontré.” Cuando pagó los cafés, Roque me invitó a salir al aire fresco de la ciudad de M, al otro lado del mundo, y tras agradecerle y despedirnos nos fundimos cada uno por nuestra cuenta en aquella masa informe de banqueros, burócratas, cajeros, oficinistas y desde luego, por lo menos una docena de Mickey Mouse.

Bizantinadas

noviembre 1, 2011

Sexo. “Sólo una noche de sexo”. O sin tilde, “solo una noche de sexo”: las extravagancias de la Real Academia han dotado súbitamente de polisemia a una frase por otro lado anodina. “Sólo una noche de sexo” es lo que podríamos escuchar al ligar inopinadamente en la esquina de una ciudad cualquiera, pongamos Madrid, y luego, en el taxi rumbo al hotel, tras los arrumacos de rigor, recordar que no se trata de una noche estupenda en la que hemos distraído nuestro ayuno de cariño, y que en realidad estamos por vivir justo eso: sólo una noche de sexo. Por otro lado, el enunciado “solo una noche de sexo”, así, sin tilde, adquiere otro cariz: el sexo sigue ahí pero no es más que una sospecha, una efervescencia frustrada por la descomunal realidad de que estamos durmiendo solos una noche en la que, de lo contrario, gozaríamos inenarrables deleites.

O no. Después de todo, el sexo es orgánico, una forma de expresarse el cuerpo, una necesidad no muy distinta de comer o deponer el intestino. Aunque a veces se parezca a otras empresas humanas, a crear por ejemplo; a pintar, a garabatear la silueta de un corazón roto sobre una servilleta con un bolígrafo azul y luego estrujarla y echarla a la papelera. El sexo no es distinto a la música: a tocar la guitarra o la armónica, a dar palmadas rítmicas, a cantar una tonadilla jubilosa si estamos contentos o a repasar con la mente una sinfonía solemne cuando quisiéramos que los demás compartieran nuestra desazón. Tener sexo no difiere mucho de escribir: hay que elegir el estilo, el tono, el narrador, los personajes, etcétera, para luego (intentar) darles un cuerpo y un final consistentes. El deseo sensual tampoco difiere de la ciencia, que es un impulso de origen arcano que busca acumular ideas y experiencias, hacer un recuento de éxitos y fracasos que lleve a algún conocimiento útil -aunque lo más probable es que el fruto de cada indagación sea una rotunda incertidumbre…. El sexo también se parece al lenguaje: sonoro y arbitrario, establece vínculos entre los humanos lo mismo que los deshace, e hiere tan pronto como repara.

Pero no todo el mundo escribe, no todos van cantando por la calle, pocos sienten el deseo de hacer poemas y muchos menos dedican sus esfuerzos intelectuales, cuando los tienen, a desvelar los misterios del universo; y también son relativamente pocos los que tienen una vida sexual que haga corresponder el impulso con la satisfacción, que al menos empareje la idea con la concreción, que equipare lo que se anhela a lo que se tiene. Porque a final de cuentas, aunque copular no es exactamente lo mismo que sudar o que decir “buenos días”, en algo fundamental se equipara al resto de nuestros actos: cuando dejamos de hacerlo empezamos a vislumbrar El Fin, así con mayúsculas; igual que si se deja de respirar, dejar de lado todo arrebato sensual es el indicador último de que la vida va en declive, de que en vez de crecer decrecemos, de que hemos puesto los pies en un sendero tortuoso que ya no tenemos la convicción de superar. Quien así comienza a razonar ha de atenerse más a la realidad de pasar “solo una noche de sexo”, porque eso será la norma y no la regla, pasar en soledad –aunque se tenga a uno o a una multitud al lado- noches incontables de una espera que se sabe ya rutina: espera por inercia, por abulia de no desertar. Un hombre tal será de pronto consciente de lo poco que ha valido su voz, como no sea para aplacar ese rumor interno que es el silencio que ha intentado acallar durante toda su vida. Escindido del resto de la humanidad, para él la ciencia, el arte y la propia biología se van enrareciendo, son ideas que ya no le conciernen sino de forma tangencial. Y yo, vive Dios, yo que he rebasado apenas la treintena, con algunas noches de sexo aunque pocas en realidad, ¿de qué lado estaré?

Altar

octubre 31, 2011


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