Me gusta escuchar las lenguas, las voces. La música del inglés, alta y baja, pivotante e intrincada. La expresión nasal y el ritmo monótono del francés, su sonido claro y sus robustas consonantes. El esquí dulce, bisbiseante de la lengua sueca. El rumor largo y fluido del finlandés. La música serpenteante del vietnamita y del laosiano. La música parlanchina del español, las consonantes dobles del italiano. El ritmo arcano del piamontés. El dulce cual sañudo sonido del árabe. El crujido del ruso, como agua que corre, de agudos sofocados y graves estridentes. La fanfarria sostenida del hindi y la grandeza del japonés. Y finalmente las dos lenguas que son, sin duda, las más bellas y misteriosas, donde la frase más trivial prende y aprehende a quien la escucha, como si encerrase toda la profundidad de la existencia, su sabiduría y su música: el portugués y el náhuatl. – J.M.G. LE CLÉZIO. L’inconnu sur la terre. (Gallimard, Paris, 1978)
Sobre las lenguas
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