“Es curioso. Los muebles de esta casa son idénticos a los de mi casa de Madrid”. Vicente estaba, de hecho, en su casa de Madrid. Tras repetir lo anterior dos, tres o cuatro veces, perdía la vista en un punto más o menos indeterminado de la pared verde, para luego dirigirla a otro punto de la estantería repleta de libros multicolores y finalmente clavarla en mí, esforzándose por mantener ese vínculo el tiempo suficiente para recomponerse por dentro y afirmar, una vez más, “Es curioso”. Vicente tenía Alzheimer.
Algo análogo le sucede a quien viene haciendo algo, cualquier cosa, durante mucho tiempo y , por una u otra razón, interrumpe aquello que ya había convertido en parte de su rutina. Agobiado por el tedio, el individuo abandona sus proyectos más ambiciosos y los entrega a la erosión infalible del tiempo, dolido consigo mismo pero también y sobre todo con la vida, por haberle negado el talento o la tenacidad necesarios para culminarlos – o al menos haber hecho de ellos algo interesante aún en estado preliminar. Lo mismo que Vicente, el creador frustrado siente un deseo inmenso de reinventarse, de recuperar todo su bagaje de experiencias y emociones y transformarlo en una realidad concreta, en un recuerdo útil e indeleble. Lo mismo se lanza al ruedo incapaz de olvidar su vocación, lo mismo se atreve sin tener garantías de salir ileso, lo mismo quisiera gritar ante la certeza de que siempre es mejor callar.
Yo, con lo mucho que extraño a mi amigo Vicente – aunque no llegó a aprender mi nombre, doy marcha atrás y abandono mi desidia, mi silencio asfixiante y recupero o espero recuperar el hábito de escribir, que ni es bueno ni es malo pero tiene la capacidad de llegar al corazón, a la vez que ilumina sobre multitud de asuntos, sobre todo a quien escribe. No se si seré capaz de llenar el hueco que deja un año de viaje, de búsqueda y de pérdida, pero en todo caso lo llenaré de esa energía que tenía mi desmemoriado amigo cuando se recomponía y me afirmaba categórico que yo, siendo de Burgos, entendería perfectamente cómo de complicada era la vida en el Palacio de Buckingham. Es curioso, pero lo entiendo.-
- PD. Hoy he visto una exposición de E. Delacroix. Concluyo: debí haber nacido en el siglo XIX, al menos para conocerle. Él retomo su diario más de veinte años después de dejarlo.
