Sexo. “Sólo una noche de sexo”. O sin tilde, “solo una noche de sexo”: las extravagancias de la Real Academia han dotado súbitamente de polisemia a una frase por otro lado anodina. “Sólo una noche de sexo” es lo que podríamos escuchar al ligar inopinadamente en la esquina de una ciudad cualquiera, pongamos Madrid, y luego, en el taxi rumbo al hotel, tras los arrumacos de rigor, recordar que no se trata de una noche estupenda en la que hemos distraído nuestro ayuno de cariño, y que en realidad estamos por vivir justo eso: sólo una noche de sexo. Por otro lado, el enunciado “solo una noche de sexo”, así, sin tilde, adquiere otro cariz: el sexo sigue ahí pero no es más que una sospecha, una efervescencia frustrada por la descomunal realidad de que estamos durmiendo solos una noche en la que, de lo contrario, gozaríamos inenarrables deleites.
O no. Después de todo, el sexo es orgánico, una forma de expresarse el cuerpo, una necesidad no muy distinta de comer o deponer el intestino. Aunque a veces se parezca a otras empresas humanas, a crear por ejemplo; a pintar, a garabatear la silueta de un corazón roto sobre una servilleta con un bolígrafo azul y luego estrujarla y echarla a la papelera. El sexo no es distinto a la música: a tocar la guitarra o la armónica, a dar palmadas rítmicas, a cantar una tonadilla jubilosa si estamos contentos o a repasar con la mente una sinfonía solemne cuando quisiéramos que los demás compartieran nuestra desazón. Tener sexo no difiere mucho de escribir: hay que elegir el estilo, el tono, el narrador, los personajes, etcétera, para luego (intentar) darles un cuerpo y un final consistentes. El deseo sensual tampoco difiere de la ciencia, que es un impulso de origen arcano que busca acumular ideas y experiencias, hacer un recuento de éxitos y fracasos que lleve a algún conocimiento útil -aunque lo más probable es que el fruto de cada indagación sea una rotunda incertidumbre…. El sexo también se parece al lenguaje: sonoro y arbitrario, establece vínculos entre los humanos lo mismo que los deshace, e hiere tan pronto como repara.
Pero no todo el mundo escribe, no todos van cantando por la calle, pocos sienten el deseo de hacer poemas y muchos menos dedican sus esfuerzos intelectuales, cuando los tienen, a desvelar los misterios del universo; y también son relativamente pocos los que tienen una vida sexual que haga corresponder el impulso con la satisfacción, que al menos empareje la idea con la concreción, que equipare lo que se anhela a lo que se tiene. Porque a final de cuentas, aunque copular no es exactamente lo mismo que sudar o que decir “buenos días”, en algo fundamental se equipara al resto de nuestros actos: cuando dejamos de hacerlo empezamos a vislumbrar El Fin, así con mayúsculas; igual que si se deja de respirar, dejar de lado todo arrebato sensual es el indicador último de que la vida va en declive, de que en vez de crecer decrecemos, de que hemos puesto los pies en un sendero tortuoso que ya no tenemos la convicción de superar. Quien así comienza a razonar ha de atenerse más a la realidad de pasar “solo una noche de sexo”, porque eso será la norma y no la regla, pasar en soledad –aunque se tenga a uno o a una multitud al lado- noches incontables de una espera que se sabe ya rutina: espera por inercia, por abulia de no desertar. Un hombre tal será de pronto consciente de lo poco que ha valido su voz, como no sea para aplacar ese rumor interno que es el silencio que ha intentado acallar durante toda su vida. Escindido del resto de la humanidad, para él la ciencia, el arte y la propia biología se van enrareciendo, son ideas que ya no le conciernen sino de forma tangencial. Y yo, vive Dios, yo que he rebasado apenas la treintena, con algunas noches de sexo aunque pocas en realidad, ¿de qué lado estaré?
