Mickey Mouse en la Plaza Mayor


“Conocí a uno que era del otro lado del mundo, paisano tuyo”, recordaba Roque, “y que ejercía entre otros el sufrido oficio de payaso. Se había presentado en nuestra asociación, contando que también tenía experiencia en hostelería, como camarero, y que realizaba limpiezas de todo tipo; en ese momento estaba sin trabajo, y preguntó si teníamos empleo para uno como él, o si sabíamos de algún sitio donde pudieran llamarlo para amenizar eventos. Cuando le pedí que me explicara más a fondo su experiencia laboral, soltó lo de que era payaso, que sabía hacer figurines con globos y que era capaz de caracterizarse como un sinfín de personajes famosos. Sin que viniera a cuento, hizo una interpretación de Cantinflas para luego pasarse a Mickey Mouse y, aunque no me hizo mucha gracia, el tío me cayó bien y prometí avisarle si surgía algo, a lo cual replicó con un ‘gracias’ lacónico y me extendió su tarjeta de presentación: un papelucho de colores sucio y arrugado. No volví a verlo en semanas”. Yo me limitaba a sonreír, un poco afectado por la posibilidad de que Roque pudiera pensar que mis paisanos y yo éramos todos una panda de chiflados. “Entonces” “prosiguió Roque, caí en la cuenta de que la próxima semana sería el cumpleaños número siete de mi sobrina Anita. Sin pensármelo mucho, cogí el teléfono y llamé al golfo de su padre, con la convicción de que no se negaría a contratar un espectáculo con payaso y globos para su hija, cosa que en efecto hizo, aunque no sin apremio. ‘De acuerdo,’ me dijo el golfo, ‘pero tráelo ahora para que lo vea y cerremos el trato esta tarde. De lo contrario prescindiré de él, pues ya tengo apalabrado a uno que hace trucos con cartas’. Contento por haber matado dos pájaros de un tiro…” “¿Cuáles?”, interrumpí. “A mi sobrina y a su padre. Contento, pues, cogí de nuevo el teléfono y en un reflejo me busqué la cartera en los bolsillos. Estaba la tarjeta del payaso, pero entre sus múltiples pliegues y roturas el número de teléfono aparecía borrado. Recordando la entrevista de la primera vez, pensé que era probable encontrarlo en la Plaza Mayor, en alguna de sus estrambóticas caracterizaciones, como Cantinflas o Mickey Mouse si no recordaba mal. Por el sólo placer de acallar al golfo, dejé sin terminar el trabajo en la asociación y salí corriendo hacia allá. Veinte minutos después estaba ahí, sudando en parte por el sol de verano pero sobre todo por el desconcertante espectáculo que ahí se me presentó: había por lo menos una docena de Mickey Mouse, a cual más insólito. Me rendí ante lo inevitable: tendía que hacer una breve entrevista a cada uno de aquellos fantoches para cerciorarme. Ninguno era el que yo buscaba. Uno me dijo, para mayor inri, que no sólo en aquella Plaza los Mickey Mouse abarrotaban las bocacalles, sino también en las vecinas del Sol, de Tirso y de Calderón. Me parece que me leyó tal gesto de desánimo en el rostro, que se compadeció de mí y me hizo una confidencia: sólo uno, aquel que era paisano tuyo, llevaba los zapatos rojos…Así lo encontré.” Cuando pagó los cafés, Roque me invitó a salir al aire fresco de la ciudad de M, al otro lado del mundo, y tras agradecerle y despedirnos nos fundimos cada uno por nuestra cuenta en aquella masa informe de banqueros, burócratas, cajeros, oficinistas y desde luego, por lo menos una docena de Mickey Mouse.

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